El incidente ocurrido el 1 de marzo de 2026 en el sistema de transporte de gas natural de Camisea ha vuelto a poner sobre la mesa una realidad ampliamente conocida por los especialistas del sector: la vulnerabilidad estructural del sistema energético peruano.
El evento, originado por una deflagración en un tramo del gasoducto operado por Transportadora de Gas del Perú (TGP), interrumpió temporalmente el flujo de gas natural y de líquidos de gas hacia la costa. Como consecuencia, el gobierno se vio obligado a declarar una situación de emergencia energética e implementar medidas de priorización en el uso del recurso.
El Perú posee recursos gasíferos relevantes y una industria con experiencia técnica probada. Lo que falta es avanzar hacia una política energética consistente que permita transformar ese potencial en seguridad energética.
Aunque se trata de un incidente operativo puntual que se espera resolver en el corto plazo, sus efectos trascienden lo coyuntural. Lo ocurrido pone en evidencia debilidades estructurales que el país debe abordar con una visión estratégica de largo plazo.
Un sistema eficiente, pero con un punto crítico de vulnerabilidad
La infraestructura del sistema de transporte de Camisea constituye una de las obras energéticas más complejas desarrolladas en el país. El gasoducto atraviesa zonas geográficas extremadamente desafiantes de la Amazonía y Andes peruanos y ha operado durante más de dos décadas con estándares técnicos de alto nivel.
Sin embargo, incluso los sistemas mejor operados presentan riesgos cuando dependen de infraestructura crítica única.
Actualmente, el sistema energético peruano presenta tres factores estructurales que incrementan su vulnerabilidad:
- El 98% del gas natural consumido en el país proviene de una sola fuente: Camisea.
- Existe un único sistema principal de transporte que moviliza gas natural y líquidos hacia la costa.
- La capacidad de almacenamiento estratégico de combustibles líquidos como GLP, diesel y gasolinas sigue siendo limitada.
Durante más de veinte años el sistema ha funcionado sin interrupciones significativas. Pero precisamente el evento reciente confirma una realidad técnica conocida: la confiabilidad de un sistema no elimina la necesidad de redundancia.
El costo de la redundancia frente al costo de la interrupción
En ingeniería de sistemas energéticos, la redundancia no es un lujo, sino un mecanismo de seguridad.
Consiste en disponer de infraestructura o sistemas alternativos que permitan mantener la operación cuando el sistema principal falla. La lógica económica detrás de esta decisión es clara: el costo de implementar respaldo debe ser menor que el costo de una interrupción del suministro.
El propio sistema eléctrico peruano ofrece un ejemplo ilustrativo: las denominadas centrales de “reserva fría”, que solo entran en operación cuando existe déficit de generación o contingencias en el sistema. Estas plantas suelen utilizar diésel, un combustible más costoso y menos eficiente, pero su activación resulta plenamente justificable frente al impacto económico de un apagón eléctrico.
La reciente interrupción del gas natural demuestra que este mismo principio debería aplicarse con mayor énfasis en la infraestructura de transporte y abastecimiento del gas.
Lección aprendida: Cuando falta el gas, toda la economía lo siente
La interrupción temporal del suministro ha generado efectos inmediatos en varios sectores de la economía.
En el sector eléctrico, centrales termoeléctricas que normalmente operan con gas natural han debido recurrir a combustibles alternativos como el diésel, lo que ha incrementado significativamente los costos de generación, especialmente en el mercado spot y clientes libres.
Lo ocurrido en Camisea no es simplemente un incidente técnico. Es un recordatorio de que el sistema energético peruano requiere una visión estratégica de largo plazo.
En el sector industrial, diversas empresas han tenido que evaluar el uso temporal de combustibles sustitutos como diésel, residual o GLP para evitar paralizaciones en sus procesos productivos.
El transporte también ha experimentado impactos relevantes, particularmente en los vehículos que utilizan gas natural vehicular (GNV), generando mayor presión sobre la demanda de combustibles líquidos.
Todo ello confirma una premisa básica de la economía energética:
la energía más cara no es necesariamente la más costosa, sino aquella que no está disponible cuando se necesita.
Camisea: una historia de éxito energético
A pesar de las vulnerabilidades evidenciadas, es fundamental reconocer que Camisea ha sido uno de los proyectos más transformadores en la historia energética del Perú.
En poco más de dos décadas, el gas natural ha permitido:
- Abastecer alrededor del 40% de la generación eléctrica nacional, llegando a superar el 55% en épocas de estiaje
- Conectar a más de 2.5 millones de hogares al suministro de gas natural
- Impulsar el desarrollo del transporte a gas natural, con cerca de 500 mil vehículos
- Generar más de 65 mil millones de soles en regalías e IR para el Estado
Estos resultados demuestran que el gas natural ha sido un pilar fundamental para la competitividad energética del país.
Sin embargo, el éxito de Camisea también ha generado una dependencia única que hoy se vuelve evidente.
El desafío: diversificar recursos y fortalecer la infraestructura
El problema no radica en Camisea, sino en la alta concentración del sistema energético en una sola fuente o reserva y un solo corredor de transporte.
Actualmente se estima que las reservas probadas podrían cubrir la demanda nacional durante aproximadamente 12 años. No obstante, existen recursos contingentes cercanos a 3 TCF que muy pronto podrían ampliar el horizonte de abastecimiento por varios años adicionales.
Asimismo, el “barrio de Camisea” podría albergar recursos adicionales en lotes que aún no han sido plenamente desarrollados.
Pero convertir recursos potenciales en reservas explotables requiere condiciones claras:
- Liderazgo político para impulsar la exploración
- Predictibilidad y transparencia regulatoria de largo plazo
- Regalías competitivas y buen uso del canon, entre otros.
Cabe recordar que el desarrollo de nuevos yacimientos puede tomar entre 10 y 15 años desde la exploración hasta su producción comercial.
Candamo: una discusión que vuelve al centro del debate
En este contexto ha resurgido el debate sobre el potencial gasífero del área de Candamo.
En 1998, Mobil Oil descubrió en esta zona un pozo con recursos estimados cercanos a 3 TCF de gas natural, con un potencial geológico que algunos especialistas estiman en 40 TCF en toda la zona. En ese momento, sin embargo, el descubrimiento de gas no generó interés comercial debido a la inexistencia de un mercado desarrollado.
A pesar de las vulnerabilidades evidenciadas, es fundamental reconocer que Camisea ha sido uno de los proyectos más transformadores en la historia energética del Perú.
Posteriormente el lote fue revertido al Estado y el área fue incorporada a una zona natural protegida.
Hoy el contexto es distinto. El país necesita ampliar sus reservas para garantizar su seguridad energética. La discusión sobre Candamo no debería plantearse únicamente como una dicotomía entre desarrollo y conservación.
La experiencia de Camisea demuestra que es posible desarrollar operaciones gasíferas con estándares ambientales rigurosos y una intervención territorial mínima.
¿Es momento de retomar el Gasoducto del Sur?
El incidente reciente también ha reactivado el debate sobre proyectos estratégicos como el Gasoducto del Sur, concebido para ampliar el acceso al gas natural en diversas regiones del país y diversificar las rutas de transporte.
Desde su paralización en 2017, varios gobiernos han anunciado su reactivación sin lograr concretarla. Mientras tanto, el país continúa asumiendo los costos de mantenimiento de tuberías instaladas y almacenadas, que ya superan aproximadamente 500 millones de dólares, sin que esta inversión genere beneficios energéticos.
Seguridad energética: una tarea pendiente
Lo ocurrido en Camisea no es simplemente un incidente técnico. Es un recordatorio de que el sistema energético peruano requiere una visión estratégica de largo plazo.
La seguridad energética no depende únicamente de disponer de recursos naturales, depende de contar con:
- Liderazgo político, con funcionarios probos que se atrevan a tomar decisiones
- Cambios en la ley organiza de hidrocarburos que incentiven la exploración y explotación de petróleo y gas
- Plan Nacional de energía al 2050 con políticas públicas que incentiven la inversión
- Infraestructura de transporte redundante, mayor capacidad de almacenamiento estratégico de diversos combustibles líquidos y sistemas de regasificación de gas natural en zonas estratégicas costeras
- Diversificación de recursos energéticos renovables.
El Perú posee recursos gasíferos relevantes y una industria con experiencia técnica probada. Lo que falta es avanzar hacia una política energética consistente que permita transformar ese potencial en seguridad energética.
Porque al final, la lección es simple pero contundente:
En un sistema energético moderno, la energía más cara siempre será aquella que no está disponible cuando el país la necesita.