Una antropología de la mediación intercultural

Una antropología de la mediación intercultural

Por Luís Novais, autor del libro Campesinos y Mineros. Una Reflexión sobre las causas de la conflictividad social en el Perú. Este artículo aparece en la edición 81 de la revista Energiminas.

Todos los peruanos conocen la leyenda de los hermanos Ayar, que un día dejaron la célebre cueva de Pacaritambo y caminaron por el mundo andino. Cachi, el más fuerte, tanto que con su honda abría quebradas, terminó de nuevo encerrado en la cueva por los tres hermanos ¿Por qué? Porque temían que, con su gran fuerza, los dominara. También Uchu, dotado de  alas, no tuvo mejor futuro que transformarse en un ídolo de piedra. Quedaron Auca y Manco, los que apenas habían seguido a los dos primeros. Y fue Manco, justo el último en salir, el menos excepcional, quien fundó la dinastía de los incas y, con ella, un pueblo y un gobierno.

Comparemos esta historia, que es nada menos que el mito fundador del Imperio Inca, con otras leyendas y mitos occidentales. Ulises se salvó superando el colectivo con sus mil ardiles, gracias a los cuales consigue llegar a Ática, en donde arma una trampa a los pretendientes de Penélope, matándolos a todos. También Aquiles, molesto con su comunidad griega, se rehúsa a combatir contra Troya y solo su dolor individual, provocado por la muerte de Patroclo, lo convence a luchar. Dotado de una extraordinaria fuerza guerrera, mata a Héctor y se cubre de gloria personal.

Si interpretamos la historia de los hermanos Ayar y las de Ulises o Aquiles, percibimos que estamos frente a representaciones sociales completamente distintas. En la primera encontramos un modelo en donde el individuo jamás debe superar al colectivo y, cuando lo hace, es castigado. En las siguientes, al revés, encontramos la superación a través de características personales que llevan a la salvación transformada en gloria individual. 

Esto mismo encontramos en muchas leyendas occidentales y hasta en historias para niños. ¿Quién es el Gato con Botas sino un Ulises que, gracias a su astucia, hace que el tercer hermano, después de ser depreciado por los otros, se llene de riqueza y los supere? Lo mismo con cenicienta y las codiciosas hermanas, o con Blanca Nieves y su odiable madrasta. 

No por nada, el historiador Robert Darnton analizó las viejas historias europeas para niños, que siguen siendo contadas en nuestros días, concluyendo  que son representaciones de modelos sociales que así se van reproduciendo. 

No podemos dejar de percibir las diferencias entre el individualismo existente en la tradición homérica, y la representación igualitaria que nos revela la leyenda de los cuatro Ayar.

Mito y minería

No creo haber duda de que la empresa de características occidentales, incluyendo la minera, es heredera de la representación de Ulises, así como una comunidad campesina es de Manco. 

En el libro Campesinos y Mineros di a uno de los capítulos el título de “El Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo”, inspirándome en la obra homónima de José María Arguedas, en donde el maestro hace una metáfora del encuentro entre el mundo andino (el zorro de arriba) y el de la costa (el zorro de abajo). En esta novela inacabada tenemos los elementos que forman el (des)encuentro de culturas que genera hoy en día la minería.

Cuando el Ulises minero se encuentra con el Manco comunero, son dos modelos antropológicos que se ven frente a frente. Por ejemplo, en las minas escucho a menudo que los campesinos andinos son envidiosos, porque aparentemente no permiten que los “mejores”  entre ellos se destaquen. Y es realmente verdad que, muchas veces, las comunidades tienden a ponerse contra los suyos que tienen más éxito individual en su relación profesional con la empresa minera.

Con todo, esta crítica parece ignorar la configuración típica de una comunidad campesina, en la que el juego de presiones está orientado a que nadie se sobreponga a nadie. Quien ya participó en asambleas comunitarias sabe cómo todos intervienen sin sumisión y cómo los líderes son débiles, no siendo su opinión más que una entre tantas. Normalmente, cuando una autoridad comunal intenta imponerse, o cuando olvida la soberanía del pueblo, pierde el respeto de sus pares y es demitida. Lo que la empresa ve como envidia no es entonces más que un tema de equilibrio social, en una antropología con raíz igualitarista.

Es este igualitarismo, por ejemplo, que lleva a que el modelo de trabajo impuesto por la comunidad a la mina sea la rotación ¿Y para qué? Para que todos tengan igual oportunidad y, se supone, para que nadie sobrepase a nadie. Es por eso que, hasta en los puestos de trabajo de mayor confianza y que van más allá del compromiso con este modelo, la comunidad consigue normalmente imponerlo, haciendo presión en contra de los comuneros que, manteniéndose, se diferencian más que lo socialmente tolerable.

Esta lógica comunal no es, evidentemente, la de Ulises o Aquiles. La configuración de una minera, que enfrenta un ambiente económico en el que apenas sobreviven  las empresas más competitivas, hace que busque trasladar ese espíritu a sus colaboradores, premiando el mérito individual e invirtiendo en los que considera más competentes. En este medio no queda otra: El Gato con Botas llega a CEO y los porteros se llaman Manco y Auca.

Negociación y comunicación

Josep Aguiló Regla considera que la negociación no es más que un tipo de debate que agrega a los otros cuatro que son tradicionalmente considerados: La disputa (fuertemente personalizada), la controversia (combativa pero temática), el diagnóstico (cooperación entre expertos) y la construcción (de cooperación para la acción). Como quinta forma de debate, la negociación tendría el objetivo de establecer un intercambio y sería orientada al entendimiento, si bien pueda no terminar en un acuerdo y pudiendo a cada momento asumir las características de los otros tipos.

Si consideramos que cuando negociamos debatimos, entonces tenemos también aquí algo común a todos los tipos de debate, que es la comunicación. Pues bien, no es preciso ser un teórico de este tema para saber que esta se vuelve imposible cuando los interlocutores no hablan el mismo lenguaje, considerando en esto también el compartir de padrones culturales. Por otras palabras, Aquiles puede debatir con Ulises, pero ni uno ni el otro consiguen debatir con Manco: El Zorro de Arriba encuentra la espalda del Gato con Botas y el Gato con Botas la del Zorro de arriba.

La importancia del mediador cultural

Es en este contexto que encuentro la importancia que entre los dos mundos existan mediadores culturales, una especie de traductores antropológicos, que entienden el lenguaje de las dos partes  y que las conectan, teniendo, además, un papel neutral e imparcial que les permite pasar delante de las desconfianzas naturales.

También en mi libro Campesinos y Mineros teoricé aquello a que llamé un “trauma histórico” que afecta las relaciones interculturales en el Perú, generando desconfianza mutua y dificultando el diálogo. Por ser una tercera parte no comprometida con ninguna de las otras dos, este trauma es un factor más que hace con que el mediador tenga un papel de suma importancia.

Con todo, el abordaje a través de un mediador no es la opción más común, ni entre las empresas y menos entre las comunidades. Normalmente unas y otras eligen la negociación directa que, tanto por los prejuicios del “trauma histórico” como por las diferencias culturales, pasa fácilmente del debate a la confrontación.

 Por la independencia de los mediadores

Hablar de independencia de los mediadores es una redundancia, no lo es quien no lo sea. Pero, para que lo sean reconocidamente, hay que generar los mecanismos institucionales que garanticen un modelo de trabajo y un código deontológico.

El verdadero mediador es aquel que puede generar confianza en las dos partes y debe por eso ser un profesional liberal debidamente enmarcado, con procedimientos, una deontología y formalmente reconocido. Por eso considero que este importante papel, que mucho puede contribuir a la disminución de la conflictividad social en el Perú, debe institucionalizarse en el tipo de órgano que auto-regula las profesiones técnicas y liberales, es decir, en un Colegio de Mediadores Culturales.

Conclusión

Es unánime que el Perú tiene un problema de conflictividad social. Los números son conocidos, bastando consultar los informes mensuales de la Defensoría del Pueblo.

Creo que la gran parte de estos conflictos tiene su origen en las distintas configuraciones sociales que se encuentran frente a frente y que, por hablar bajo representaciones que no se comprenden, fácilmente transforman un debate de negociación en una disputa que puede llegar a la confrontación física, resultando a menudo en daños materiales, cuando no humanos y hasta en lamentable pérdida de vidas.

Traducir el lenguaje cultural de cada parte haciendo posible la interculturalidad, esforzarse para que el punto de vista de uno sea entendido por el otro, tener una posición neutral que pueda generar confianza a las dos partes y una imparcialidad que pueda garantizar la justeza de las llamadas de atención cuando uno de los lados no está siguiendo las reglas que fueron definidas. En pocas palabras, este es el rol que debe desempeñar ese hacedor de paz que es el mediador cultural. Para que pueda garantizar todos esos requisitos, me parece esencial que el profesional cuente con un código deontológico y que sea penalizado profesionalmente cuando no lo respete. Esto es algo que solo puede garantizarse con un Colegio de Mediadores Culturales.

Autor: Energiminas (info@prensagrupo.com)