Clúster minero, cuando la unión hace la fuerza

Clúster minero, cuando la unión hace la fuerza

Por Jean Piere Fernández

El boletín de agosto del Ministerio de Energía y Minas afirma que en el país operan más de quinientas empresas mineras. Estas, en los primeros ocho meses del año, han invertido en conjunto unos US$2,833 millones, 3.76% más comparado con el mismo lapso del 2016. La que más dinero ha desembolsado hasta la fecha de análisis es Southern Perú Copper Corp., seguida por Antapaccay, Cerro Verde,  Buenaventura, y así. Todas estas inversiones dinamizan la economía. No obstante la cantidad de las compañías que buscan y extraen metales en el territorio nacional y la abrumadora circulación de dinero generada por ellas, ¿su sola presencia crea indefectiblemente un clúster minero? Si no es así, ¿entonces qué tipo de cooperación existe entre las mineras que operan en el Perú?

Los más optimistas sostienen que la creación de un clúster minero en el Perú es cuestión de tiempo, al menos en el sur del país, zona que, siempre según los integrantes del bando optimista, los gremios, los gobiernos regionales y los think-tanks, presente las mejores condiciones para un desarrollo natural del encadenamiento productivo de la actividad.

Los que se sitúan en el bando contrario —muchos representantes de la academia y hasta del sector corporativo, que no han querido ser citados— afirman que es por ahora imposible que exista un clúster en el país dado que las empresas mineras, a diferencia de en otros lugares como Australia, Canadá e incluso México, se han divorciado de las universidades peruanas. Cuando buscan una solución tecnológica, indican, voltean la cara hacia las naciones desarrolladas.

¿Qué es un clúster?

Para determinar qué es un clúster, acaso debamos comenzar definiendo qué no lo es. Los clústeres no son aglomeraciones. Cincuenta o cien empresas cercanas unas de otras no garantizan que allí haya un clúster. “Para que exista uno, los agentes económicos deben cooperar efectivamente con el fin de crear valor”, indicó al respecto en una oportunidad Piero Morosini, investigador de Centrum Católica.

No existe un clúster de cualquier actividad industrial si no confluyen ciertos aspectos comunes: cercanía geográfica, encadenamientos productivos naturales y no forzados, cooperación,  entendida esta como la creación de centros de investigación conjuntos, y siempre enfocados en alcanzar el obejtivo de la innovación. Si faltara una de estas características, entonces no podemos afirmar que exista un clúster.

Un clúster es Silicon Valley. A mediados del siglo pasado, en esta zona del estado de California, las pequeñas empresas tecnológicas llegaron a la conclusión de que solas son originales pero débiles; sin embargo juntas se potenciaban financiera y hasta creativamente. De modo que cooperaron con la hoy prestigiosa Universidad de Stanford y con el parque industrial de Stanford, que promovió la investigación científica y empresarial. De esta institución se aprovecharían luego las tecnológicas de Silicon Valley. Stanford les proporcionaría todo lo que necesitaran: profesionales competentes, ingeniería de vanguardia, soluciones económicas y hasta creatividad. Y así ha sido. Para dar solo un ejemplo de las posibilidades de la colaboración entre el sector corporativo y las élites académicas: Hewlett Packard fue fundada por dos egresados de Stanford.

Para determinar qué es un clúster, acaso debamos comenzar definiendo qué no lo es. Los clústeres no son aglomeraciones. Cincuenta o cien empresas cercanas unas de otras no garantizan que allí haya un clúster.

Hoy Silicon Valley es una incubadora de empresas, aunque para algunos es más una fuente de ideas que se rentabilizan con el tiempo. Este escenario de la Bahía de San Francisco es el lugar en el que se han asentado empresas como Google, Facebook, Apple, la productora de videojuegos Electronic Arts, Sun Microsystems, Cisco Systems, Netflix, la fabricante de tarjetas de vídeo Nvidia, Adobe Systemas, Tesla Motors, HP, Intel y hasta la constructora de aviones de combate Lockheed Martin. Y si bien Silicon Valley es acaso único, no existiría si los emprendedores de ese entonces no hubieran involucrado en la ecuación de desarrollo a la Universidad de Stanford.

Michael Porter, profesor de la Escuela de Negocios de Harvard, piensa que los clústeres son la nueva y mejor forma de competir en un mundo cada vez más conectado. “Mucha de la sabiduría convencional sobre cómo las naciones y compañías compiten necesita ser revisado”, escribió en un artículo para Harvard Business Review. “Hoy el mapa económico del mundo es dominado por lo que llamo clústeres: masas críticas —en un lugar— de éxito competitivo infrecuente en ciertos campos”, redactó posteriormente.

El académico Porter, inventor de lo que llama el valor social de una empresa, sostiene que los clústeres representan una forma novedosa de pensar en la localización, cómo las universidades pueden contribuir con aumentar las ventajas competitivas de una industria o nación, y cómo desde los gobiernos se puede promover la prosperidad.

Los clústeres proveen de entrenamiento especializado, educación, información, investigación y soporte técnico para todas las industrias.

Los clústeres promueven tanto la competencia como la cooperación, que influyen en la productividad, que inciden a su vez en la eficiencia de los procesos, que lleva a la innovación, que fortalece finalmente a la misma industria y en simultáneo crea otras.

Es un hecho incuestionable que los clústeres, como bien dice Porter, para que funcionen como se espera, deben  establecer una fuerte presencia local, hacer sustanciales inversiones y forjar relaciones con los gobiernos de turno y con instituciones como escuelas, empresas de servicios públicos y centros de investigación. “Productividad, y no las exportaciones ni los recursos naturales, determinan la prosperidad de cualquier estado o nación”, sentenció Porter.

¿Replicar?

El clúster electrónico de Silicon Valley, según un artículo aparecido en la revista Slate (“The Do-Over”) es imposible de replicar; no obstante, el mundo lo está intentando. Clústeres tecnológicos hay varios en el mundo: el Silicon Wadi en Israel, país en el que se creó el Waze, en Ecuador se creó el Yachay Tech, cuyo objetivo es convertirse en el referente tecnológico de Sudamérica, existe también el parque científico tecnológico Biobío o Chilecon Valley, en Chile, que se ha propuesto atraer inversiones de todas las empresas que realicen I+D.

Hay también este tipo de centros de la innovación en la India con Bangalore y en China, que intenta replicar un Silicon Valley en Zhongguancun. Encontramos también un clúster tecnológico en Londres, el Silicon Roundabout, y el Málaga Valley, en España.

En el Málaga Valley se han establecido empresas como Boeing, Ford, IBM, Nokia, Endesa, Vodafone, Repsol… Con todo, lo cierto es que Silicon Valley no se creó en un día ni en una década. Y lo mismo sucederá con parecidos intentos.

En Brasil existe un clúster para producir caucho, y en Chile,  la Asociación de Industriales de Antofagasta es, en esencia, un clúster minero asentado en la región chilena que más cobre produce en el mundo, con presencia de empresas como Codelco, BHP Billiton, Anglo American y tantas otras, con inversiones en investigación y desarrollo, y con la intención de innovar en un campo que será crucial para el futuro de la actividad minera: la gestión del agua.

En el mismo EE UU, en la ciudad de Boston, encontramos el clúster Akamai Technologies, que produce contenido para Internet, y el clúster de la moda en Nueva York, específicamente ubicado en ocho cuadras del barrio de Manhattan, en el distrito de Garment, en el que diseñadores, mayoristas, costureros, vendedores de telas, de botones y otros ofrecen sus servicios.  En cierto modo, Wall Street es un clúster financiero y Hollywood, un clúster del entretenimiento.

En California existe también el exitoso clúster del vino. Más de 600 empresas vinícolas y miles de viticultores, expertos en irrigación y en la operación de máquinas para cosechar, constructores de barriles y publicistas, cadenas de restaurantes y agencias de turismo, han creado un ‘ecosistema’ que genera riqueza y desarrollo al mismo tiempo, tanto así que en California encontramos el Instituto del Vino.

 Y Perú, siendo un país enormemente minero, ¿por qué no cuenta aún con un Instituto de la Minería?

Compañías como Ferragano y Gucci, y otras, han creado un clúster del cuero en Italia, que consiste en muchas cadenas de proveedores especializados. Si Italia es un centro mundial de la moda no es solo por el talento de sus diseñadores como por la concatenación de esfuerzos de su industria.

Un clúster farmacéutico hallamos en Alemania, en donde operan las empresas Bayer y Roche, entre otras; un clúster de los casinos lo encontramos en Las Vegas, y podemos seguir y seguir. Según Porter, las raíces de los clústeres son rastreables y decantan casi siempre en investigaciones realizadas por instituciones académicas.

Las posibilidades de un clúster en el Perú

Un estudio no muy antiguo del Consejo de Competitividad y el Ministerio de la Producción determinó que en el Perú  existen 41 cadenas productivas. En el documento “Elaboración de un mapeo de clusters en el Perú”, desarrollado por Consorcio Cluster Development, Metis Gaia y Javier D’Avila Quevedo, se asevera que estas cadenas de valor necesitan solo de una “articulación” para convertirse en clústeres.

Existe potencial para un clúster hortofrutícola, logístico, de turismo, minero y “auxiliar minero”, y si bien el desarrollo de todos los 41 podría comenzarse más pronto que tarde, son 16 los identificados por el estudio como las cadenas de valor con más posibilidades de éxito. “Esto es porque se trata de sectores que tienen el camino allanado para ser clústeres. Por ejemplo, la minería es un rubro importante en la economía nacional, a partir de allí podríamos comenzar la diversificación”, dice el investigador Carlos Castro, asesor del Despacho Ministerial y antes parte de Metis Gaia.

En tanto, Carlos Casas, profesor de la Universidad del Pacífico, sostuvo que el desarrollo del país se debe dar “a partir de la minería”.  La mejora de la competitividad del país, añadió,  acontecerá si se mejoran las condiciones para esta industria extractiva. Roberto Nesta, de Fima, dijo una vez que en nuestro país “se ha desarrollado un clúster importante alrededor de la minería y de forma bastante natural”. No obstante, el avance de esta cadena de valor, admitió Nesta, se ha paralizado.

Carlos Gálvez, expresidente de la Sociedad de Minería, Petróleo y Energía y ahora encargado de realizar la 34 Convención Minera Perumin, es de los que argumenta que el Perú ha cometido el gran error de no haber identificado sus fortalezas, sus ventajas y oportunidades. Una de las más fuertes industrias en el país es la minería, pero no lo entendemos así.

Un país lo ha entendido de ese modo hace mucho tiempo, y que ahora disfruta de los resultados de haberlo comprendido: es Australia. En el estado australiano de Queensland las empresas mineras asentadas allí, más de doscientas, cooperan para competir y no compiten sin antes haber cooperado.

Anthony Lynham, ministro de Desarrollo Estatal,  Recursos Naturales y Minas de Queensland, cuando estuvo de visita en el país, dijo: “En Queensland tenemos los mismos minerales y las mismas personas. Pero el establecimiento de un buen sector de recursos tiene que ver con mantener a las empresas en su país, trabajar con ellos en lugar de contra ellos, flexibilizar los reglamentos, y eso se logra junto con las universidades, que proveen los ingenieros y otros profesionales (…)

No solo se puede ser un país de mineros, hay que desarrollar la economía junto con la educación (…) Deben ser líderes en tecnología, en educación. Ese es el reto del futuro”.

En Queensland, fruto de la colaboración entre empresas, Estado y academia, funcionan a la fecha un instituto para la minería sustentable y un centro de competitividad para la minería. Ambos centros de investigación han sido creados con el aporte de las empresas mineras y con la buena disposición de los académicos australianos. ¿Acaso no anhelamos lo mismo en Perú?

La minería es la columna vertebral del desarrollo del país. Y quien lo niegue deberá superar estos números: el 12% de la inversión privada tiene como destino la minería, el 10% del PBI lo genera la minería, el 59% de las exportaciones peruanas proviene de la actividad extractiva y el 14% de todo lo que producen las manufactureras es consumido por la minería.

La minería es una fuente de recursos que el Estado ha utilizado para reducir en poco más de una década los indicadores de pobreza de 55% a 22%. La cartera de proyectos mineros supera los US$51,000 millones, dos de cada tres son yacimientos cupríferos. La actividad minera es relevante pero podría serlo aún más.

La idea para darle un empujón más es crear un clúster, y para Magali Arellano, gerente de investigación y proyectos de Perú Top Publications, una cadena de valor de proveedores mineros se podría desarrollar naturalmente en la ciudad de Arequipa. Desde allí se atendería a las regiones de Apurímac, Cusco, Tacna, Moquegua y la misma Arequipa.

A juicio de Arellano, “Arequipa tiene una infraestructura que le permitiría convertirse en clúster minero: cuenta con el puerto de Matarani y está cerca al puerto de Ilo. Es también sede de importantes universidades y de una diversidad de empresas proveedoras de alcance nacional”.

En el mundo corporativo, el talento es lo que separa a las mejores empresas de las peores. Eso es lo que se suele pensar. Hoy son más importantes las simbiosis entre corporaciones, gobierno y academia.

En 1890, Alfred Marshall observó que las industrias que se agrupan generan crecimiento económico como resultado de algo “en el aire”. Ese “algo en el aire” es cooperación. “De los clústeres robustos surge la innovación, surge la productividad y afloran las nuevas compañías y los nuevos negocios”, dijo el profesor Michael Porter en una conferencia para TED.

Alguna vez el Perú contó con un clúster minero en Cerro de Pasco. Y el hecho de que no exista hoy implica que lo hicimos mal ayer. Sin embargo, el mundo nos obligará, si es que no lo hace ya, a “cooperar para competir”.

Autor: Jean Pierre Fernandez (jpfernandez@prensagrupo.com)